Una simple salida, donde conocerás un lugar al que siempre regresas

Hace unos años escribí este texto, aquella vez lo titulé como “Una experiencia Premium, no debería ser costosa”. Ahora en Destino Viajero quise rehacerlo con más recuerdos que he acumulado desde 2012 que fue la primera vez que fui en moto y luego lo repetí muchas veces en dos y cuatro ruedas.

Habían pasado unos días de mi cumpleaños, el cual rara vez festejo (sí, soy algo ermitaño), pero esa semana tenía a prueba una Yamaha V-Star 950, hoy ya fuera del catálogo, y esa moto exigía carretera, pero no tenía idea de dónde ir, así que tomé rumbo a Real del Monte, Hidalgo, pero al llegar al puno donde puedes tomar a ese lugar o Huasca de Ocampo, miré el nombre de Mineral del Chico, no sabía que era así que para saciar mi curiosidad cambié mi destino.

Tomé una serpenteante carretera muy divertida en moto (y coche también) que comenzó a bajar hacia una zona boscosa, de hecho cuentan los lugareños que se pueden encontrar pumas en la zona, recuerdo que en aquel diciembre esta parte era muy fría más el factor humedad se convirtió en algo un poco insoportable ya que no iba preparado para esto. Traté de hacer que mi mente se concentrara en el manejo y en los paisajes y no en el temblor involuntario de mis piernas. Continúe por el camino y legué al pequeño poblado y de inmediato dejé la moto estacionada y busqué algo caliente que me hiciera volver a sentir las extremidades.

El centro como suele pasar está dominado por la iglesia, aunque yo no soy de meterme a esos lugares por lo que les debo como se ve por dentro. Así que viendo los comercios noté una cafetería llamada “El Secreto del Socavón” donde fui a desayunar, pero el frío no aminoraba así que le pedí alguna bebida con “veneno”, y me recomendaron el Café del Bosque que tenía Whisky y fue un vuelve a la vida (si van se los recomiendo, pero uno porque es dulce y se pueden poner felices muy rápido). Ya con temperatura caminé por los alrededores, donde hay muchos lugares que hacen referencia a la minería y me dijeron que cerca había unas grutas y un parque de aventura, tomé la moto, pero me rendí rápidamente ya que el camino hacia allá está adoquinado y se me estaban aflojando las articulaciones por ese camino. Ya con el tiempo conocí esos otros lugares y valen mucho la pena.

Regresé con más pena que gloria del empedrado y mi apetito se abrió con tanta sacudida, por lo que me acerqué a uno de los guías turísticos que estaban en el zócalo, y le dije que quería comer bien, él amablemente primero me recomendó el mercado, pero no había nada fuera de lo común (lo visité mientras recorría el lugar más temprano), y luego de ello me llevó por la calle principal hacia arriba a un restaurante llamado la Trucha Grilla, traté de darle una propina al guía a lo que me dijo que no, que hacía su trabajo, bien por eso.

El restaurante me llamó la atención por la tremenda trucha que adorna el techo del lugar y la apariencia de casa que tenía el lugar. Al entrar fue una sorpresa, parecía que estabas entrando a la cocina de una abuelita, llena de colores y aromas que provenían por los ingredientes y especias colgadas a un costado de la estufa, un pequeño lugar muy acogedor que te hacía sentir en casa. De inmediato me recibieron y el chef (sí, leyeron bien un chef) salió y se presentó, al ver que iba en moto la plática se hizo más natural ya que él también le daba, aunque le gusta más el cross y enduro y vaya que allá hay mucho para rodar esa especialidad.

Al ver la carta vi cosas que suelen ser comunes como trucha y conejo, pero el chef me presumió que no había probado nada así, por lo que me puse en a sus recomendaciones; entrada sencilla de sopa y arroz, tremendamente sencillo, pero muy rico y luego llegó la trucha, era algo pequeña para lo que había visto, a lo que me comentó que era porque son de un criadero donde no les dan nada artificial para “inflarlas y crecerlas” rápidamente, en cuanto al sabor era suave y delicioso, y cuentan con más de 30 tipos de preparación. En cuanto el conejo es impresionante lo suave que era y un sabor que no se parecía a nada al que conocía por ejemplo de La Marquesa.

Repentinamente me ofreció un licor de la casa, hecho con frutos del lugar, un sabor dulce, fuerte y seguro con un alto grado alcohólico. Aquel viernes no había mucho turismo, (los fines de semana se llena), por lo que pude estar un buen rato con el chef y su familia, y aunque no soy de muchos postres, me dijo lo mismo, no haz probado algo así, se metió a su cocina y salió con un helado de chayote adornado con flores comestibles, frutos secos y bichos, principalmente los denominados “shawis” que tenían un gusto a espinaca frita, el helado era delicioso y no se parecía a nada en sabor, pero al maridarlo con los bichos era un sabor impresionante.

un viaje sencillo a unas dos horas de la Ciudad de México, una experiencia premium con poco dinero

Algunos tragos más, café y de repente al asomarme a la ventana era de noche, por lo que decidí quedarme en alguna cabaña, hay muchas opciones de esto y puedes encontrar cosas tan baratas como 500 pesos con cama y baño y ya.

Al salir del restaurante con tantos licores, pude olvidar el frío y me concentré en el espectacular cielo estrellado, en el silencio, en la paz y ahí fue cuando Mineral del Chico atrapó un pedazo de mi en él y desde hace ocho años regreso cada que puedo a visitar ese mágico lugar, a tomar el mejor pulque que pueden probar, a hacer senderismo con unas vistas que se te quedan en el alma y claro a comer y tomar con David Castillo, el chef que te espera con una sonrisa en la Trucha Grilla.

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