Aquel primer viaje carretero a lo desconocido

Aquel primer viaje carretero a lo desconocido

Mi carrera en el mundo de los autos comenzó antes de ver a las motos como una opción, fue en 1999 cuando inicié en un medio más enfocado a la industria y autopartes. Con el tiempo tuvimos preparación y las marcas de autos comenzaron a brindarnos sus unidades y una de ellas fue una Nissan Frontier 4×4. Esta pick up iría como invitada de las rutas de Bosco´s Camp, que por aquellas épocas también iniciaba.

La fecha no la recuerdo, pero el año sí, 2003 y 23 años míos, no tenía mucha experiencia saliendo a carretera, ya saben el manejo era más citadino, y el manejo en terracería para mi era un libro abierto. Debo confesarles que a mi no me tocaría ese recorrido, pero el compañero que lo haría se enfermó y otro que también podría, tenía un viaje, así que por descarte me tocó, y me enviaron a un compañero que básicamente era como llevar un costal, ya que no manejaba, se dormía en el camino y le pegaba duro al alcohol, por lo que tal vez por ello me acostumbré a ir solo.

«Antes de continuar, quiero ofrecerles mis más sinceras disculpas por la calidad de las fotos, llevaba una pequeña cámara con poca memoria y mi compañero como les decía, era medio inútil, por ello tengo poco material».

Recuerdo que en Nissan de México me entregaron la Frontier, y como sabían la ruta que haría, la presumieron mucho, su sistema de 4×4 y tracción por lo que no “debía tener problema alguno” … la realidad sería otra.

El viaje se desarrolló en cuatro días, el jueves arrancamos rumbo a Oaxaca donde sería el punto de reunión para todos, llegamos al punto por la tarde a una recepción con cena y una breve plática de la ruta, buenas noches y a dormir. A la mañana siguiente la salida era de una agencia de autos, y ahí sentí un poco de alivio, ya que no solo iban Jeep, sino que también asistían un par de pick ups, así que me dije, si ellas pasan, yo paso, además me percaté del ambiente, era familiar, no era una competencia o de esos grupos que llevan retacada la cajuela de alcohol, y no es que me espante, sino que creo que no es el lugar para eso.

La ruta en caravana comenzó hasta que salimos a la tierra y nos detuvimos para bajar la presión de las llantas, esto reducir la posibilidad de pinchaduras, tener más agarre y no “brinques” tanto: si se han dado cuenta no he mencionado donde estábamos, y esto es por dos razones, la primera es porque ni yo tenía idea de donde nos estábamos metiendo, en el presente tuve que hablarle a Juan Bosco para ver si se acordaba y me daba nombres. Y sí, estábamos en la zona de Nochixtlán, Cuajimoloyas y la Sierra Norte.

La primera aparte del recorrido fue lenta debido principalmente a una zona en la que debíamos circular por las vías de un tren, aunque aquí algunos pincharon llantas. Al continuar comenzó mi estrés ya que pasé por algunos puentes sobre los rieles, uno en particular bastante alto, durmiente tras durmiente de las vías todos pasamos para llegar a un terreno abierto donde aceleramos y comencé con problemas.

Mi pick up era ligera, y no tenía peso en la caja, nuestro equipaje iba en los asientos traseros, y esto causaba que el eje trasero se perdiera y “se fuera de atrás” en cada curva, sin dudas aquel día aprendí mucho de manejo y sensibilidad. Esta zona terminó en un paso por río con grandes piedras, donde Bosco nos guiaba para pasar y aquí fue donde todo se torción para mí y la Frontier. Al borde del rio estaba un paso donde los vehículos casi quedaban verticales apuntando hacia abajo, ahí podías frenar y tomar la foto correspondiente, pero mi compañero no se bajó y esa foto no existe…

Para salir de eso con la tracción 4×4 el eje delantero era capaz de sacarte de ahí, pero yo no podía, y me gritonearon que conectara la reductora y bloqueara los ejes, que era muy sencillo desde una perilla, y sí, ahí estaba todo eso pero sencillamente no servía, ya luego me enteré que nos prestaron aquella Frontier con un fallo en ese sistema por lo que solo llevaba tracción trasera. Gracias a eso me perdí de muchos ejercicios y pasos, ya que me mandaban por otra parte ya que sin 4×4 no pasaría. De hecho, hubo una pendiente de piedra y lodo que nos tardamos como media hora en poder subir.

Al pasar todo esto nos detuvimos a comer, pero nadie me había dicho que cada quién debía llevar su comida, las demás familias y organizadores se dieron cuenta de esto y nos brindaron alimentos, yo muy apenado, pero vi la buena camaradería en ese grupo que iba de distintos estados de México.

Continuamos en una zona de lodo y de inmediato quedé atascado, como les comentaba mi eje trasero estaba muy suelto, por lo que me ayudaron colocando cuanto peso pudieron en la caja de carga, eso ayudó mucho ya que el lodo nunca desapareció hasta que llegamos a un hotel en medio de la nada. Un atardecer en la montaña entre relámpagos que creaban sombras con los árboles y colinas, una plática entre todos frente a una fogata y a descansar.

Al día siguiente a alguien se le ocurrió la brillante idea de lavar las camionetas y usaron el agua de la fuente, la cual quedó color chocolate, y seguramente Bosco ya no es bienvenido ahí. El tercer día (sábado) en me perdí de mucho por la tracción, pero pude ver como los demás sufrían y se divertían para pasar. Nos llevaron a un valle de difícil acceso donde estaban unas grutas, y ahí tuve una pequeña catarsis, ya que nos estacionamos y frente a nosotros estaba una montaña de piedra inmensa que se perdía con la niebla en la parte superior, nosotros éramos apenas unas hormigas, ahí me di cuenta de que, hay cosas más grandes que nuestro ego, y que allá afuera hay muchas cosas por descubrir.

Teníamos pactado llegar temprano al hotel ese día, pero en una parte del recorrido y por las fuertes lluvias el camino se convirtió en un verdadero infierno para todos, bueno, no para mi ya que me enviaron por otro lugar. Me estacioné y seguí los gritos de indicaciones de manejo y al llegar era un camino casi de barro pegajoso, de hecho, en una parte mi compañero pisó y su pie se metió unos 50 cm y el zapato se le quedó adentro. Recuerdo que pasamos mucho tiempo ahí para que salieran todas incluso los Jeep.

En la noche, llegamos al Hotel que nos brindó un espectáculo de la Guelaguetza con una cena impresionante.

El cuarto día era para el regreso, iba cansado, pero pensando en todo lo vivido, agradecí a “los engranajes universales” por ponerme en ese viaje, ya que de ahí me nació el seguir recorriendo las carreteras para conocer lugares fuera de los mapas de zonas turísticas concurridas, y buscar esos oasis, esos paraísos escondidos con escenarios que poco o nada les piden a lugares internacionales. En México lo tenemos todo, solo hay que saber buscarlo, o encontrarlo con nosotros en nuestro Destino Viajero.

 

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